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Tino López Guerra
         
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No recuerdo si es Hemingway quien dice, que, después de los cuarenta el hombre es responsable de su fisonomía. Sobre el rostro que se nos da, nuestro pensar y nuestro vivir laboran luego expresiones que se van superponiendo y marcando nuestra fachada. El despreciativo acaba trabajando una arruga acusadora de despecho. El violento en algún lugar el rostro esculpe al cabo su mal carácter destruyendo, tal vez, una línea bondadosa de su rostro de niño. Cada quien se hace su rostro desde adentro.

Tino López Guerra hizo su rostro con ironía y timidez. Tenía una expresión burlesca, chispeante en los ojos, pero al llegar a la boca su gesto era humilde. Y escuchaba ladeando la cabeza como si todo fuera música. Pertenecía a ese tipo de nicaragüense, tan característico, de los que hacen una lengua para su uso personal: Tino tenía un idioma de juguete o para jugar. (Pocas veces he tratado con un hombre tan rico en humor. Hablaba humor). Tenía boca de inventor de palabras y ojos de bohemio. Y cuando intento reconstruir su retrato en mi memoria me doy cuenta que era un hombre tan jovial que cuando se ponía serio parecía que se ponía triste.

Tino era un temperamento romántico que se defendía -a lo nicaragüense- con la risa. Un amador de todo (un "querendón" dice el pueblo) que acaba riéndose de su propia quijotismo. "Managua es mi linda tierra" decía queriéndola ver linda. Luego entrecerraba el ojo y con una chispita burlona lanzaba su exclamación preferida: "¡Que desastre!".

Era así. Decía lo agradable pero captaba al golpe lo caricaturesco. Un poeta vendedor de aseguros. Un cancionero sentimental burlón e irónico. Mezcla rara, inteligencia finísima, corazón bueno, personalidad extraordinaria. Yo me pongo a pensar: ¿Qué pedía de la vida Tino López? Le bullían los "locos pretextos" de que habla Alfonso Cortés – estaba siempre inquieto- y cuando estaba en una mesa de tragos adquiría los ojos de geógrafo (que me recordaban lo de Joaquín Pasos): un anhelo de "algo", un mirar que ya va viajando. Lo indetenible.

Romántico frente a la mujer: En este aspecto Tino López es el último ejemplar de un mester de juglaría provinciano americano que casi no se ha estudiado en serio. Un tipo de amor de patio con jazmines y noches que ya no existen. Todo ese submundo de álbumes, de sentimentalidades bajo la luna que hizo la vida de las ciudades muertas, antes del algodón y del transistor. Un hilo de guitarra que viene desde lejanos siglos, de novia en novia, desde el mundo galante de los castillos medievales hasta los corredores aburridos de nuestros amores departamentales. Linaje juglar que murió en un bolero.

Y es interesante que en Tino López saltó esta veta con una característica también típica de ese culto romántico a la mujer: el amor a la Virgen.

Este amor señala la altura que tomaba en su corazón la imagen de la mujer pero también revela el verdadero anhelo de su inquietud bohemia. Su ruta mística. Tino era un hombre de fe. Recuerdo en una noche a apoteosis, cuando todo Nicaragua cantaba los corridos de Tino, noche de condecoraciones y de teatro lleno. El público aplaude al compositor y él levanta la mano. "¡Pido una ovación para la mujer más linda del mundo!", grita, y si darnos cuenta de donde levanta en sus manos una imagen de Nuestra Señora. ¡Fue un gesto de juglar enamorado!

Sorprende su fidelidad, su filialidad; constantemente se refiere en sus canciones a María y siempre con una tierna ingenuidad que sobrepasa lo que generalmente se llama devoción. Ama. Se sabe hijo de esa madre. Y su más dulce plegaria musical –un canto en que brota lo más puro y auténtico de su alma romántica- es su serenata mística amarilla de Fátima.

... Tu apareciste en Francia en México y Portugal aparece Madre Santa en la América Central.

¡Que te cuesta Dulce María, pide permiso al Señor!

Que toda la tierra mía por ti se muere de amor.

Y hay cosas que suceden en las supra-realidades. La madre del juglar le escuchó. Tino López murió rezando el rosario. Cerró los ojos para verla llegar. Su muerte fue su Fátima.

PABLO ANTONIO CUADRA

 
 
 
 

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